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10.2.08

Die Fackel

En esta época en la que ocurre justamente lo que uno no podía imaginarse, y en la que ha de ocurrir lo que uno ya no podía imaginarse, si pudiera, no ocurriría; en esta época tan sería que se ha muerto de risa ante la posibilidad de que pudiera ir en serio; que sorprendida por su lado trágico busca el modo de disiparse, y al pillarse con las manos en la masa se pone a buscar palabras; en esta época ruidosa que retiembla con la sinfonía estremecedora de acciones que provocan noticias y de noticias que disculpan acciones, en una época así no esperen de mí ni una sola palabra propia. Ninguna salvo ésta, justamente la que protege aún al silencio de ser malentendido. Pues hasta ese punto está firmemente asentado en mí el respeto por lo intocable del lenguaje, por su condición subordinada a la desgracia. En los reinos donde sobra escasez de fantasías, donde muere el hombre de hambre espiritual sin husmear siquiera lo ayuno de su alma, donde la pluma se moja en sangre y la espada en tinta, allí ha de hacerse lo que se piensa, pero lo que llega sólo a pensarse es inexpresable. No esperen de mí una sola palabra. Ni sería yo capaz de decir alguna nueva: a tanto llega el estruendo en el cuarto en que uno escribe, y no es momento de decidir si procede de animales, o de niños, o tan solo de morteros. Quien hace honor a las acciones deshonra acción y palabra a un tiempo y es doblemente despreciable. Es ése un oficio que no se ha extinguido. Los que ahora nada tienen que decir porque la acción tiene la palabra siguen hablando. ¡Quién tenga algo que decir que dé el paso al frente y calle!

Karl Kraus

28.5.07

Carta a un amigo en el exilio

Y bueno viejo, preguntas por el resto de la historia, por lo sucedido en estos años de universidad, por mis ires y venires en medio de tanta incertidumbre y tanto deseo insatisfecho. Me preguntas por Colombia, el país que quiso exiliarte cuando quisiste hablar de frente, tu país ahora tan lejano en la distancia y en el tiempo. Debo decir que me halaga y me sonroja a un tiempo tu confianza en mi escaso criterio, en mi vista tan corta. Y es que cuando digo “Colombia” tengo un sobresalto, me entran ganas de entonar el himno y abrazar la bandera en un frenesí nacionalista, pero me contengo, trato de conjurar los peligros del fanatismo. El testimonio que puedo darte viene dictado más por la curiosidad que por la inteligencia, más por la intuición que por el análisis. Aquí te va, amigo mío, el resto de la fábula:

El once de septiembre de 2001 a las nueve de la mañana estaba en suelo americano, pidiendo visa como muchos. Alguien informó que habían volado el World Trade Center. Pocos lo creímos pero creo que ninguno alcanzó a ver lo que vendría después. Lo único que vimos en toda la mañana fue una nube de funcionarios detrás de las ventanillas que corrían de un lado a otro, desesperados, pensando en todo menos en nosotros, pobres parroquianos que queríamos visitar un país que estaba siendo atacado por terroristas.

Ya cursaba yo primer año de derecho, nervioso y esperanzado como todo advenedizo. El primer año de universidad es crucial para cualquiera. Ahora me digo que no deberían recibir menores de, qué se yo, dieciocho años, porque resulta para los chicos ser una fragua de vivencias brutales, autodestructivas, absolutamente innecesarias. Es posible que una gran población estudiantil se haya salvado de la bohemia y del juego, pero muchos de nosotros quedamos marcados y agotados de tanto andar las calles en busca de lo que no se había perdido. Y pocos de nosotros recordamos lo que en realidad sucedió en aquellos años.

A pesar de la filosofía y la historia, las leyes no son para un tipo de letras. Hay un lenguaje meramente prescriptivo, que no permite el vuelo de la imaginación, que reduce el ámbito creativo. Sumado a esto, el enfrentamiento con una realidad que sobrepasa por mucho el papel es francamente abrumador. Indignados, seguimos leyendo tanta letra muerta, más en aras de obtener una nota que de aprender a conciencia. Eso lo primero. Por otro lado, casi no hay modelos a seguir, mentores de vida. Los docentes parecen a gusto en su concepción de la educación como negocio, muchos de ellos ni se toman el trabajo de reevaluar paradigmas, incapaces de salir de la concepción medieval que fundó las academias. Demasiado miedo en el aprendizaje, demasiado culto a la memoria. Empezaba ya a olvidar que aprender era algo encantador pues ahora estaba obligado a aprender por un contrato. Oneroso, por lo demás.

Pues sí, el asunto se fue especializando. Una vez asumido el papel del abogado miras a los demás de otra forma. Cuando no son pueblo llano, son competencia. El conocimiento empieza a envilecer un poco cuando está recién adquirido, cuando no se ha puesto a prueba. De esta forma, la competencia se fue apoderando de todos nosotros, los antaño amigos ahora eran rivales, los profesores te trataban de colega. Era algo conmovedor pero en el fondo vacío. Algunos quisimos desertar, pero qué va, no íbamos a perder la plata y el tiempo. Además, en otros frentes debía ser lo mismo: el egoísmo, la ambición, la frivolidad. Nada de eso iba a cambiar. Entonces seguimos. Tuvimos que atenuarlo con días familiares, jornadas de cine y libros de mesa, para no ser absorbidos por la mano invisible del mercado, que desde ya empezaba a hacer mella en nosotros.

Vino el cuarto año, y creo ahí empecé a tomar conciencia. La elección de la carrera era de tipo pragmático, sin dudas. Una vez emancipado del seno familiar podría dedicarme a lo que fuera, siempre que no fuera devorado por un oscuro mundo burocrático, siempre que permaneciera fiel a mí mismo. Supe que las competencias adquiridas a fuerza de lecturas y diálogos más que interesantes, tenían que ver con una mejor forma de hablar, de escribir, de darme a entender. Me parecía además que de tanta curiosidad histórica o filosófica, tenía siempre razones más hondas que mis compañeros para decir lo que estaba diciendo. Situarme en Colombia, siglo XXI, fue reconocerme sujeto temporal e histórico, determinado de forma inexorable por las circunstancias. Con algunos trabajos menores, supe lo que en realidad son los derechos fundamentales. No son en absoluto la libertad, la dignidad, la igualdad, los gritos de los franceses. No, ¿para qué eso si no tengo qué comer, qué vestir o en dónde educarme? Si a mí me dicen que nací libre, que nací digno, pues no tengo nada por qué luchar, la vida pierde sentido. Esas son cosas que se ganan luchando, viejo, y eso nadie lo va a cambiar. Los derechos sociales, lo que atañe a toda la comunidad, las verdaderas necesidades, son lo fundamental en cualquier parte del mundo.

Empieza el último año. El círculo de amigos ya se había definido. Pocos pero ciertos. Ya sabía que el derecho era el sacrificio de la libertad en aras de la seguridad común, que era el único recurso que la Razón humana había concebido para frenar la hostilidad. Todo, por supuesto, permeado por el más turbio interés económico. Consciente de todo esto, me olvidé de todo lo que no fuera formación profesional, dedicándome a la academia de tiempo completo, forjando las competencias necesarias para salir a la vida, el verdadero ring de boxeo. Ya estaba bien de tanto manotear a solas en la oscuridad, hacía falta salir al mundo y probarse un poco. Me hizo bien reconciliarme con mis elecciones, con mi libre albedrío. Ahora quiero seguir trabajando en derechos humanos, teoría y práctica, a ver si puedo convencerme y convencer a otros que la paz es posible, que no estamos tan mal como para dejar todo en manos de la guerra.

De Colombia puedo decir varias cosas, pero trataré de ser breve. Colombia es mujer, sin dudas, eso es lo primero que hay que saber. Tiene muchas riquezas, muchos poderosos la cortejan, y no siempre con buenas intenciones. En mis primeros días, Colombia era como una madre, un seno siempre cálido, un abrazo que significaba perdón y esperanza. Y era tan grande Colombia, tan inabarcable, que por mucho viajar a sus rincones siempre parecía desconocida, misteriosa. Todos los rumores que escuchaba sobre los tipos con los que dormía, las corruptelas, los oscuros pactos que maquinaba, me parecían eso, simples rumores. Nunca dudé de su integridad ni de su pureza. Después Colombia fue mujer, una mujer guapísima y encantadora, con todos sus colores al sol, con sus aromas, con sus errores y sus aciertos pero siempre mujer sensual, promesa de lo fecundo. Riquísima y digna de ser protegida. Quería enamorarla y que ella se enamorara de mí, crecer juntos, ver cada uno de sus cambios, sufrir sus derrotas, celebrar sus triunfos. La quería ver libre, viva, contenta. Y bueno, me habría gustado quedarme allí, en ese sueño romántico, en esa plácida adormidera. Pero mi querida Colombia me ha golpeado no tan dulcemente, me ha mancillado con sus traiciones. Ahora la veo mujer fácil, que no lucha para conseguir lo suyo, que gusta de quedarse en casa viendo novelas o noticieros, que espera que la mantengan. Y no solo eso, que goza cuando el hombre la violenta, es más, lo llama pidiendo violencia. No importa tanto que el marido se llame Estados Unidos o como sea, lo que importa y preocupa es que parece necesitar de la sumisión, parece incapaz de crecer por sí misma. ¿Por qué?, me pregunto, nos preguntamos. ¿No está ya muy mayorcita para estar bajo la orla de sus verdugos? Me rehúso, nos rehusamos a creer que prefiera empuñar un arma a empuñar un libro.

El orgullo de Colombia es infundado, frívolo, putón y pacato.
He ahí un mal daguerrotipo de tu país y de tu querido amigo,

M. Valdemar

1.5.07

gatos novelistas

Extraño fin de semana. El viernes estuve a punto de pegarme un tiro cuando después de cuatro cervezas, me despedí de Carlos en un parque cercano a la universidad. Me sentí realmente mal, amigos, pues tuve la sensación de estar terminando carrera con un saldo negativo. Y me preguntaba ¿qué queda después de cinco años de andanzas y aprendizajes? Pues hombre, me dije, experiencias, lecturas, amores fallidos. Un ciclo que se cierra. Y bien, lo que no entendía entonces (y creo que ahora tampoco) es que cerrar un período de vida o cualquier cosa implica anudar los extremos del lazo, o sea, desembocar irremediablemente en el principio de todo. De nuevo me ví empezando universidad, con la ansiedad primípara, abriendo bien los ojos para tratar de ver un camino estable, algo que sirva y satisfaga y no duela tanto.

Camine entonces hasta mi casa, tenía ganas de caminar, que está como a media hora y la sensación de desamparo fue en aumento, por lo que llegué adormir inmediatamente. Al despertarme a eso de la media noche, el dolor no desaparecía, por lo que traté de anular el pensamiento a fuerza de televisión. Mala decisión. Entregado al frenesí del zapping, duré despierto hasta muy tarde. Mas bien hasta muy temprano.

La mañana del sábado transcurrió en una especie de semisueño en la que buscaba entre mi agenda de teléfonos alguien con quien ir a la feria del libro. Muchas personas me habían dicho durante la semana "vamos, seguro, el sábado nos vemos allá", pero yo solo quería ir con Sasha o con Marco. O con ambos. Pero Sasha (después les digo quién es) tenía el celular apagado y Marco no apareció por ningún lado así que me decidí a ir solo. Después del baño y de un largo almuerzo en el que charlé con mi tía para no preocuparla, me llama a la casa una niña que poco veo y quiero bastante, Luisa, con el pretexto (?) de estar buscando material para estudiar un final que viene pronto. Entre una cosa y la otra, quedamos de vernos para ir a la feria. Perfecto, ya tenía con quien ir. Un poco tonto eso de no querer ir solo, debe ser una etapa de "handle with care", de futuro difuso, en las que uno quiere el diálogo o al menos la compañia de alguien que esté en las mismas. A eso de las cinco, mientras escuchaba a Vladdo hablar sobre cómo leer la ciudad, me llama y nos vemos en las banderas de Corferias. Todo marchó bastante bien. Vimos a Herralde mientras hablaba de Anagrama (nos aburrimos sin decirlo), caminamos por ahí con cigarros en la mano y nos topamos literalmente con Valentín, un arquitecto-literato-editor que estaba por allí en busca de las huellas de Bolaño. Y vimos a Juan Carlos Botero vestido a la última moda, además de una cantidad increíble de gente con gafas, converse y gabardinas.

A las nueve y media de la noche nos mirábamos de frente en un barcito hindú que queda por la Nacional y creo que había algo en el aire. Pero todo fué intelectual, siempre primaba un deseo de demostrar, de nunca abandonarse, de llenar el aire de palabras. Si no fuera por la risa, bendito maná, abríamos desarmado y armado el país entero sin habernos acercado un solo ápice. Hubo que dar el salto (un salto que fue apenas un avance imperceptible) cuando ya veía los ojos del barman desnudar la que ahora consideraba "mi chica". Rara cosa, porque aún sabiendo que es parte de mi pequeño círculo amistoso, nunca me había fijado en ella de esa forma, con ese afán de dulce posesión, con esas ganas de quién sabe qué venidas de quién sabe donde. En fin, fuimos los últimos en salir del bar, el dueño declinó una invitación a seguir bebiendo, de manera que rematamos en otro más pequeño, más oscuro, más acogedor.

Solo hizo falta una corta sesión de blues para que dejáramos de fingir que éramos personas completas, perfectamente satisfechos de estar solos, a gusto con nuestra soledad y en pleno cultivo de las mejores virtudes. Llegaron los recuerdos de relaciones pasadas como avalanchas, dejándonos un poco tristes, como cuando se muestran las fotos familiares o las cicatrices. Ella lo entendió todo, y supo disiparlo con un gesto de partida, mas bien de invitación a pasar la noche en arrunche, y así fué como nos cogió la madrugada en pleno vuelo, a bordo de un lascivo taxi y bajo la mirada inquieta del oscuro conductor.

Sexo, culpas venidas a menos. La tonta angustia se fue quedando afuera, parada en la lluvia de Bogotá, y yo reía con todo el cuerpo, feliz de estar feliz y de dormir acompañado de nuevo.

Domingo 8 a.m. Cinematográfico desayuno en una tienda con paredes de baño y casi llena de vapor. Absoluto silencio. En ese momento, le digo a Lú que se ve mejor sin maquillaje, que por qué usa siempre tacones. Y me sonríe sin decir nada, como si fueramos un viejo matrimonio. Llego a mi casa con cara de ponqué (el verano era largo) y me ven como bicho raro, como que un día llega a dormir sin hablar con nadie, y al otro, cagado de la risa queriendo cocinar y ver películas.

En la noche nos vemos de nuevo, esta vez en su casa. Todo ser vivo se mueve mucho mejor en su propio hábitat, en su ambiente natural. Su mamá es economista, fuma todo el tiempo, nunca para de hablar; su hermanita es de una fatuidad preciosa, como la mayoría de los adolescentes. Me muestra los libros, los regalos que le trajeron de Egipto, las lámparas de papel, los cientos de collares, las fotos (monumento al ego), la cara llena y satisfecha. Y yo me digo "coño, te está gustando en serio esta mujer" al frente del espejo, como si fuera Travolta en Pulp Fiction, y cuando salgo ella tiene café y pasteles y una gran sonrisa...

¿Les ha pasado alguna vez que se suben a un bus completamente excitados después de un adiós, con ganas de bajarse a las dos cuadras, sentarse en una banco de esquina y fumarse un cigarro? A mí me pasó en ese momento, pero supe disimular mi nueva cursilería, que juzgue insultante en medio de tantas caras cansadas y amargas. La ciudad se fue disolviendo en la noche, a través de la ventana, y ahora la seguridad volvía. Habían sido cinco años de desafíos, de apuestas altas, de error y acierto, una época en la que no solo se forjan las competencias concretas de un trabajo específico, sino que se aúnan las fuerzas de varias disciplinas, se entiende el carácter mercantil de toda institución, la mezquina importancia de "la rosca", la infinita vanidad del homo sapiens, la conciencia del fin de todas las cosas, sobre todo del fin de la niñez. Uno al final quiere la desescolarización del mundo, la supresión radical del concepto de "juventud", que a los siete años ya sepa uno que el mundo es una mierda muy violenta y muy hermosa y que eso es precisamente lo triste. Que sepa uno ya sin tantas guevonadas, sin tanta bohemia, que esto es un gran paraíso sangriento, una arena de gladiadores en la que pierde el que muere y vence el que mata...

Ya, ya, nos dejemos arrastrar a los potreros de lo sombrío.

En realidad quería hablar de un buen nombre para un gato novelista, pero ya ven, siempre llegan unas cosas y otras...