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29.2.08

Playmate



Aquí esta K. haciendo sus pinitos en el difícil terreno del erotismo mediático.
A continuación reproduzco la entrevista:

Playboy: ¿Desde qué edad eres modelo?
K.: Nunca he sido modelo. Solo de amigos o familiares. Nunca de verdad.
Playboy: ¿Cómo una mujer sin formación profesional en modelaje aparece en nuestra portada, llegando a ser playmate del año?
K.: Quería verme en una portada pensando en un buen regalo para J. Me salió barato y efectivo.
Playboy: Estamos pensando en pagarte una gran suma llena de ceros por un desnudo entero, ¿qué dices?
K.: ¿Me puedo pensionar con eso?
Playboy: Modestamente, sí.
K.: Queda aprobado.
Playboy: ¿Crees que J. se molestaría?
K.: No. El pasea por la casa desnudo todo el tiempo.
Playboy: Gracias. Hay cosas que no queremos saber... entonces, ¿para cuando las fotos?
K.: Ahora mismo.
Playboy: Luces...

23.6.07

una geisha

Nunca supe su nombre. ¿María, Sofía? Digamos geisha para abreviar. Amigos, lo daría todo por una foto suya, así ustedes compartirían mi risa. La cara blanca, blanquísima, efecto no tanto del maquillaje como de la harina de feria. Boca pequeña, muy roja y no pintada del todo. Ojos negros, rasgados, ausentes. Borracha es poco decir, se caía de la perra. Y bueno, por pudor hay que evitar el resto. Debo decir sin embargo que todos los mitos al respecto son, por fortuna, absolutamente ciertos.

10.6.07

Persona, de Bergman (1966)


Sexual y sombría. De una tristeza agresiva, provocadora. Luces y sombras protagonizan el film, es posible ver todo el espectro del blanco y negro. Gotas, arañas, paredes desnudas. Un niño que acaricia una cara borrosa. En la oscuridad, dos fuentes de energía se unen de repente, lo que da origen a la historia.

Vendrá ahora una exitosa actriz representando Electra. Calla de súbito y sabemos que algo insólito ha ocurrido. No vuelve a hablar en toda la película aunque sea el personaje central. Es recluída en un sanatorio, entregada al silencio y la inmovilidad. Le es asignada una enfermera joven que al principio rechaza el trabajo pues se sabe incapaz de manejar una fuerza mental que ha elegido la quietud por voluntad propia. Por contraste, la enfermera habla todo el tiempo, sostiene el hilo de la historia, se confiesa ante la actriz que parece escuchar en una actitud de triste piedad. La joven ama y admira a su paciente, la invita al campo, le hace lecturas de grandes tragedias. La sombra de Kierkegaard parece caminar con ellas por las frías playas de Suecia. Elisabet es el nombre de la actriz, que ya sonríe a su compañera, la acaricia con los ojos. Casi se seducen. Una noche, ya tocada por el vino, le susurra algo a su joven amiga, la única vez que abre la boca: "Ve a acostarte o te quedarás dormida sobre la mesa". Esta repite la misma frase, como si viniera de su conciencia. Alma se llama la enfermera, que ante el mutismo de su paciente, decide abrir su correspondencia. Descubre que ésta revela a terceros los secretos que ella tuvo la debilidad de confiarle, que la actriz le espía y le estudia desde su ambiguo silencio. Cambia de actitud, le reprocha, le exige palabras. Deja que se corte con vidrios, le amenaza con agua hirviendo. Le recuerda que no es nadie, que ha querido callar para no tener que mentir, para no fingir un carácter. Toda una vida de impostura solo admite el silencio, la muerte en vida. Todas las noches sueña que la actriz viene a su tocador y le acaricia el pelo de manera sensual. Se miran ambas al espejo y son iguales. En el día, empiezan a confundirse. Alma habla cada vez menos, sus ojos desarrollan una especie de sombra. Parece comprender lo inútil que es tratar de forjar una unidad en torno a sí mismo. Le enseña a hablar a Elisabet. "Nada", le repite, "nada, nada, nada..."

26.4.07

las partículas elementales

La primera vez que oí mentar a Houellebecq fue en un artículo sobre Roberto Bolaño escrito por un periodista chileno que parecía conocer muy bien su obra. En éste, se decía que en la reunión que le otorgó al autor de "2666" el premio Herralde de novela, el querido infrarrealista no solo se burló del pelo de Ricardo Piglia sino que comentó largamente la obra de Michel Houellebecq. Me entró el bicho de la curiosidad y me dediqué a buscar en la red algunas referencias, siendo así como topé con unos poemas magníficos, además de algunos textos publicados en un libro llamado "El mundo como supermercado", donde se encarga de subrayar los valores que a su jucio rigen el mundo moderno: el culto al yo, al placer, al sentido del humor, así como la trivialización de todos los asuntos de la vida.

Para los que vivan en la ciudad de Bogotá, les será conocida la biblioteca pública Virgilio Barco. Les cuento que fue allí dondé encontré sin buscarlo "Las partículas elementales", el cual me dejó atrapado desde las primeras líneas. Ahora que lo he terminado, me atrevo a formar palabras que traten de reconstruir la fuerte impresión que ha dejado en mí esta lectura.
Houellebecq sería un perfecto shandy: funciona como una excelente máquina soltera, su obra cabe en un maletín, se le nota un gran desprecio por la muerte, goza de una sexualidad extrema, es de un nomadismo infatigable. Lo digo sin caer en el facilismo de subsumir una obra en otra. Apenas quiero recordar que al leerlo, de inmediato lo situé en un lugar bastante alejado de los lugares comunes en literatura.

Dejando a un lado las pretensiones de incluirlo dentro de los autores efectistas o escandalosos, puede decirse que la lucidez con que describe los patrones de la sociedad contemporánea es abrumador. La sexualidad permea todo el libro, es cierto, pero también hacen su entrada la filosofía, la genética, la biología molecular. Lleva a cabo una descripción del deseo y de sus efectos que no se veía (creo yo) desde las vanguardias de inicios del XX. Su estilo es pausado e intenso, su experiencia es prolífica, su esperanza no se deja menoscabar por la creciente conciencia del vacío. Afirma que la filosofía del futuro será científica, que ninguna sociedad sobrevivirá sin una religión basada en la inteligencia y el diálogo.

Lo mas intenso de la novela, aparte de esas crudas frases en las que expone la vida a una luz violenta, sin matices, es la larga disertación del epílogo sobre la clonación humana. Nos habla de las posibilidades de eliminar la subjetividad, la conciencia del yo, el egoísmo, fuentes de infelicidad y odio, a través del control natal. Despoja la sexualidad de sus fines reproductivo y narcicista, haciendo prevalecer el principio de placer. Un placer, por supuesto, que respete los límites del placer ajeno.

Quizá soy injusto con la obra, quizá digo demasiado o muy poco. Libros así siempre se le escapan al juicio. Mas que una crítica, esto es un ejercicio de admiración.