28.8.08

A los cobardes...

Hubo una época en la que me pareció muy cool trabajar en un bar, por la gente, por la música, por el free vodka, por la plata. Le acepté a una amiga el trabajo, de 5 a 1 am, era un sitio suave de luces naranjas, pop art y música electrónica. Pagaba a 20 el día de semana y 25 viernes y sábados. Siendo estudiante primerizo, atolondrado y ávido de mundo, no parecía nada mal. Aparte de servir cocteles y extraños cafés tocaba limpiar, fregar, lavar los platos y esperar el cierre. Aunque nunca me acostumbré a lo que alguien llamaba lounge, hard house, chill out y otras cosas por el estilo, así como nunca me acostumbré a los afters de remate en casa de un antropólogo marica o en los grills de salsa dura del centro, conocí una gente muy del putas. Uno de ellos, del único que voy a hablar, es Valentín.

Arquitecto, literato, editor de libros para niños, proyecto de marido. Mientras secaba vasos y tomaba pedidos, él me contaba cómo iba la tesis de grado, se llamaba algo así como “los conceptos de valentía y cobardía en la obra de Roberto Bolaño” y de verdad podía durar horas hablando de sus hallazgos. Sin ser muy entendido en la obra del chileno, yo le daba impresiones como un croupier, sirviendo el juego lentamente, y él sonreía como sólo saben hacerlo esos lectores que encarnan a sus poetas, que son verdugos de sí mismos, y seguía gruñendo su discurso rabioso y hermético.

En la feria del libro de ese año nos encontramos a la entrada de una conferencia, él iba de saco de pana como profesor de historia, y yo llevaba una chica. Casi no hablamos, pronto entendimos que nuestro lugar era el bar electro y que nuestro único tema era la obra de Bolaño. Antes de irme me regaló dos cosas, un abrazo y “los detectives salvajes”. El libro lo perdí en un viaje pero el abrazo lo conservo y lo releo cada vez que puedo. La tesis, en cambio, no he podido encontrarla.

Ya en otro trabajo, sin música, con otra gente y con más plata, reuní lo suficiente para comprar una serie de libros, entre ellos el mismo que me había dado Valentín. Con su lectura gané más cosas de las que perdí, aunque dolió haberlo leído, significó de una forma oscura e incomprensible el fin de una etapa de incertidumbre y el comienzo del plan. Del plan hablaré en otro momento. De lo que quería hablar aquí era de la cobardía y la valentía, en la obra de Bolaño, en mi vida, brevemente porque no recuerdo bien o porque no será este el lugar, nunca será este el lugar para hacerlo.

Me enteré que Bolaño andaba obsesionado con la valentía y la cobardía. En su reconocimiento excesivo a la valentía de Mario Santiago creí ver un reconocimiento de su propia cobardía. Alguna vez le preguntan si para ser poeta hay que ser valiente y él dice que no, que han existido grandes poetas cobardes, que para ser poeta hace falta verse en un espejo negro y saberse valiente o cobarde, y aceptarse. A sus ojos, Rimbaud, Lautreamont, son valientes. Se atrevieron a mirar en lo oscuro, trazaron un camino (un plan) y no cejaron hasta llegar a puerto, ardieron, conocieron el éxtasis. Ulises Lima es otro valiente a sus ojos, es el sueño del autor suelto por el mundo, una fuerza de la naturaleza, una fuerza frenética, triste, eternamente adolescente. Belano en cambio es soñador moderado, poeta cobarde, héroe romántico, y aún así se hace guerrillero en el África. En muchos de sus cuentos he encontrado una tensión latente entre el poeta y el funcionario, el viajero incansable y el hombre que echa raíces, el que hace lo quiere y el que hace lo que los demás esperan de él. Si es cierto lo que dicen, si es cierto que Belano es alter ego de Bolaño entonces la sospecha es fundada. Nunca sabremos si Roberto era cobarde, igual cobarde frente a quién, pero sabemos que en su juicio interior él se consideraba tal.



No recuerdo la fecha ni el año, recuerdo el barrio, la noche y las caras. Iba con tres o cuatro amigos, errando por las canchas del conjunto de mi juventud, más que borrachos, pateando piedras como en la canción, olvidados del futuro, irresponsables y fuertes, hermosos y sucios, decidimos ese día hacer frente a los bravucones de la zona y nos sentamos en las escaleras de hierba que coronaban la plaza central. Yo le pedí un trago a uno para mostrar confianza. Me lo dio. Volví donde estaban los míos. Hablamos duro, nos reímos, jugamos a pelear para mostrar fiereza. Entonces vino hasta mí el gordo que me había dado el trago y me pidió plata. Me negué sin retroceder. Lo miré de frente. El hombre me encajó los nudillos debajo del ojo izquierdo y caí al piso. Con rabia me levanté y supe lejos los supuestos amigos. Mandé un puño sin fuerza a la cara del tipo, él lo espantó como una mosca y me empujó al suelo. Recibí patadas en todas partes, en la cara y en las piernas, yo me defendía y él golpeaba, hasta que dejé de defenderme y él seguía golpeando, y al fin dejó de pegar y yo ya no podía moverme. Pero podía ver, y vi sombras acercándose y me dije corre o vas a morir y eso hice, correr, correr hasta que no me dieron más las piernas, correr hasta escapar a la muerte. Me siguieron las sombras y no les di la cara, huí, corrí, me escapé y supe que era mi primera cobardía.

Ahora que el barrio se ha borrado, ahora que los tipejos cobardes están en oficinas o en el paro y que las sombras acechantes están en el mismo infierno, ahora punks de esquina, sé que fui cobarde, sí, pero no más que los otros, sé que quise protegerme y escapar a la muerte. Eso fue supervivencia, conservación, me dije, y de ahí en adelante procuré la valentía en formas más modestas: no dejé escapar las mujeres que amé, me enfrenté a mis padres y quise escribir para ganarme la vida.

Sé también que ahora, instalado como estoy en una forma de lucha bastante cómoda, si hubiera que salir a la calle a luchar con las sombras, si hubiera que hacer la revolución a punta de piedra, me pararía al frente de la muerte, la miraría a la cara y la escupiría bellamente y sonreiría como hacen los hombres que encarnan sus poetas y son verdugos de sí mismos.

1 comentario:

*Fallen Lids* dijo...

Muy bueno lo qué dejaste! me gusta tu forma de escribir..
Creo qué todos somos algo cobardes.

Me acabo de acordar de una frase de Les Luthiers, esas cosas de la mente..

"Si no tienes miedo, no eres valiente...eres peligroso" jajaj.

Saludos! :)